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Gracias a mis fantasmas.


Cuando tenía 7 años, recé por primera vez en mi vida. Me arrodillé al borde de mi cama, miré al cielo y dije en voz baja: "Dios, hace lo quieras conmigo, pero por favor, por favor, quiero ser famoso". Y ahora soy famosa, y Dios no se olvidó de lo primero que le dije.


Cuando tenía 9 años vi un fantasma. Estaba dibujando en mi cama, era tarde, el lápiz naranja no me gustaba; en mi mente la lava era mucho más brillante, no tenía el talento para dibujar con detalle a las personas que veía en mi mente. —Acuéstense que hay que ir al colegio, vamos —dijo mi mamá y yo le hice caso, pero cuando estaba en mi cama seguía pensando en el dibujo de ese volcán, tanto así que tuve un sueño muy vívido: escuchaba el sonido que hacía ese volcán, veía las casas abajo y las personas escapando, veía sus caras con claridad, el sonido del fuego tragándose las maderas, el calor que irradiaba de la tierra y el cemento calentándose al rojo vivo, cocinando todo lo que caía sobre él. Me desperté sintiendo el calor en mis mejillas, la luz que entraba por la rendija de la puerta era tan brillante como ese naranja que yo veía en mi cabeza, pero cuando abrí los ojos solamente veía la silueta de una mujer adulta al lado de mi cama. Agarré mi dibujo y fui corriendo a despertar a mi hermana mayor, que estaba durmiendo en la cama de al lado. —Abril, mirá, es como en el dibujo —le dije. Desde ese día mi hermana y mi mamá pensaron que yo podía conectarme con algo del más allá, que mi antena agarraba una sintonía en particular, a mi mamá eso la alegraba, porque decía siempre iba a estar acompañada.

Cuando tenía 13 años, mi papá murió en un accidente de auto; después de eso, mi mamá me pedía todo el tiempo que intentara hablar con él, que intentara soñar con él o que intentara escuchar algún murmullo en los rincones de la casa. Ella me pedía todo el tiempo que le pregunte si él todavía la quería y yo le decía que él me decía que si, que la amaba, pero no sé si realmente me decía algo.

Cuando tenía 20 años, escribí una canción sobre un hombre que salía de fiesta con su amante y moría en un choque de auto. Después de escucharla, mi mamá me dijo que ahora estaba segura de dos cosas: de que yo podía hablar con fantasmas, porque mi papá había salido con otra mujer la noche en que murió, y no podía saberlo de otra manera, y de que yo definitivamente era una mujer.

A medida que iba creciendo y mis sueños y mis canciones se iban haciendo realidad, me di cuenta de que estaba teniendo una charla con mi yo del futuro; la mayoría eran escenas feas, me decía palabras feas, pero me servían para hacer canciones y me sirvieron para hacerme famosa.

El 23 de junio del año 2000, me encontraba en la discoteca El Escándalo, porque Alberto Olmedo me invitó un recital del Potro Rodrigo. Después de una hora y media de baile, Rodrigo bajó del escenario y vino derecho a darme un abrazo; cuando me dio un beso en la mejilla, vi una figura brillante atrás suyo, cegadora. Después de eso, con Alberto le pedimos que se quedara a descansar, pero no nos hizo caso. Cuando se despidió, le agarré la mano y estaba muy fría. — Marina, tu mano quema como el fuego —me dijo.

Cuando tenía 10 años, Abril se había escapado por la ventana para ir a verse con un hombre más grande que había conocido en una radio en la que dejaban en número de teléfono para que se hablen entre solteros, y yo le dije a mi mamá porque tenía mucho miedo de que le pase algo; ella no era como yo. Cuando Abril llegó y mi mamá la encaró, ella fue derecho a la pieza a buscarme, a gritarme: —¿Por qué sos tan raro? Sos un pendejo envidioso. La mamá está equivocada, si estás solo, y vas a estar solo toda tu vida, por pelotudo —y lo único que se me ocurrió decirle fue que ella era fea, y ahora me miro al espejo y me veo exactamente igual a ella.


Cuando tenía 33 años adopté a una bebé, se llama Elvira, como mi mamá; nunca la vi por primera vez a mi bebé, había pasado toda mi vida conociéndola, esperándola.

Una noche de invierno, cuando Elvira tenía 7 años, me desperté sintiendo un calor familiar, y el sudor corriendo por mis mejillas como si fueran lágrimas. Me desperté viendo ese naranja que imaginaba cuando era un chico; me levanté y fui corriendo hacia la habitación de al lado, antes de que el naranja cruzara el pasillo. Elvira estaba hirviendo de fiebre; la levanté en brazos y corrí hacia la luz de la calle. No tenía miedo de estar con ella en lo azul de la noche, porque no estaba sola, mi mamá tenía razón.



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